Lo único
que tenemos seguro el momento en que nacemos es que vamos a morir. Cuándo, cómo
o por qué son simples variables en la ecuación de la vida, que siempre se va a
resolver de la misma forma.
Lo que va a
hacer la diferencia en la vida, es cómo utilicemos el tiempo que tenemos en
este mundo, no nos preocupemos por el futuro, no nos martiricemos por el
pasado, disfrutemos del presente, que es un regalo que tenemos día a día.
La muerte
de un ser querido no es más que la alarma más fuerte y sonora que podamos
experimentar, para hacernos acuerdo y generar conciencia de que no estamos en
este mundo de forma indefinida, y que todos somos temporales. Nuestros hijos no son más que un préstamo que
obtenemos el momento de la concepción, un préstamo a plazo indefinido, muchas
veces los tendremos por poco tiempo, otras veces por el resto de nuestras
vidas, pero siempre tendremos que resignarnos a que ya crecieron, se
independizaron, y que ya no son “nuestros”, porque … realmente … nunca lo
fueron.
Lo ideal
sería que el ciclo de vida se cumpla siempre al pie de la letra, y que los
hijos entierren a sus padres, por obvias razones biológicas, y que el motivo de
irnos de este mundo, sea siempre el de muerte natural. Pero qué sucede cuando
este orden “normal” de la vida se rompe, y nos toca despedirnos de un ser
querido antes de tiempo, cuando la ruptura es brusca, cuando la muerte es
trágica… Para nuestro entendimiento, estas circunstancias son difíciles de
comprender, no podemos procesar que una persona querida sea arrancada de
nuestro lado sin explicación lógica (o al menos lógica para nosotros).
Estos
acontecimientos dolorosos producen sacudidas emocionales, similares a un terremoto,
crean pánico, desorientación, desorden, caos. Afectan a muchas personas de una
u otra forma.
Es gracias
a la muerte que nos damos cuenta de quién realmente es con el que puedo contar,
quién está a mi lado, quién se preocupa por mi, no solo el momento de la
ceremonia religiosa, sino después. Es tan fácil darnos cuenta de a quién le
importamos realmente!!!
Muchas
veces la muerte es la causa de reconciliaciones, de poner fin a rencores
absurdos que se venían arrastrando por mucho tiempo, es un sacudón general, que
mueve a todos los afectados, y de una forma u otra, los acomoda; como piedras
en un recipiente, que cuando las sacudimos, se afirman, se juntan, se apoyan
unas a otras.
La muerte
puede ser vista como oscuridad, pero prefiero verla como la luz de una vela,
por si misma no puede hacer mucho, pero si la juntamos con la luz que cada ser
querido que nos apoya, podemos llegar a generar no solo luz, sino calor. Luz
para ver el camino a seguir, muchas veces borroso y confuso; y calor para el alma, que se siente fría y desolada.
En memoria de Adrian